Este nuevo foto-ensayo está dedicado a la memoria de José María Escalona, muerto hace poco en un accidente de tráfico. José María era un gran aficionado a la fotografía, dueño de un importante fondo sobre el municipio de Bielsa y sus valles. A su labor de rastreo incansable se debe, en gran medida, la fundación del museo de esa localidad. Algunas de las fotos de este escrito me las cedió él, que siempre me dio muestras de su gran generosidad. Descanse en paz.

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La carretera que lleva al Circo de Pineta describe sus primeras y pronunciadas curvas al dejar la localidad de Bielsa. Pasa junto a la pedanía de Javierre, rodea el embalse construido en los años 20 del siglo pasado para aprovechar las aguas del Barrosa y del Cinca y se adentra en el valle de Pineta, entre espectaculares paredes rocosas y frondosos bosques de pinos, abetos, hayas, fresnos y sauces. Nadie que llegue a este paraje del Pirineo de Huesca pueda evitar las exclamaciones de admiración. La naturaleza se muestra en toda su magnificencia, casi siempre acompañada de una climatología extrema, intensas nevadas, noches heladoras, tormentas que estremecen por su violencia, mañanas de verano tórridas que invitan al baño en el río. Y nadie es tampoco ajeno al edificio que se levanta a la derecha de la carretera, junto a unos extensos campos que sirvieron como aeródromo durante la Guerra Civil, una mole que se recorta contra el telón de fondo del macizo de Monte Perdido y sus glaciares: la casa de colonias Jordi Turull, antiguo Sanatorio Antituberculoso de Pineta, un edificio con una historia singular.

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Su construcción se remonta a principios del siglo XX, cuando la tuberculosis era un problema de salud pública. Sin apenas tratamiento y una alta tasa de mortalidad (era la principal causa de muerte de las personas entre 15 y 34 años), la medicina de la época tenía pocas soluciones contra este mal. Se sabía ya, gracias al descubrimiento del bacilo de Koch en 1882 y sus mecanismos de transmisión, que determinados climas impedían su expansión, por lo que empezaron a proliferar por Europa los Sanatorios Antituberculosos, en lo que se ha dado en llamar “era sanatorial de la tuberculosis”. Se buscaba el aislamiento de los enfermos para impedir el contagio y ofrecer un ambiente adecuado de reposo en un clima favorable de alta montaña y con una dieta rica y variada. La literatura se hizo eco de este fenómeno en novelas como “La montaña mágica”, de Thomas Mann (que describe la vida en el Sanatorio Internacional de Berghof, en Davos, Suiza, y el proceso de transformación de su protagonista, Hans Castorp, que ingresa en el verano de 1907, a los 23 años, completamente sano, con la excusa de visitar a su primo, y termina como un enfermo más, sometido a tratamiento y flirteando con la muerte), “Siete plantas”, de Dino Buzzati (cuyo sanatorio está organizado por plantas: acoge a los enfermos leves en la séptima y a los más graves en la primera, como metáfora del descenso a los infiernos que supone la tuberculosis), o “Perorata del apestado”, de Gesualdo Bufalino (con su visión tremendamente pesimista sobre la tisis y las condiciones de vida de los enfermos, que la padecen como si fueran condenados en un infierno en la tierra). Las tres describen a la perfección el lento transcurrir de los días de unos personajes desahuciados, condenados a convivir con la muerte, aislados del mundo en estos sanatorios aislados. En España, es digna de mención la obra de Camilo José Cela “Pabellón de reposo”, quien tuvo que ingresar dos veces, en 1931 y en 1942, en sendos sanatorios de la sierra madrileña.

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En España, dos sucesos marcaron la implantación del régimen sanatorial como solución a la tuberculosis. La muerte del rey Alfonso XII por esta enfermedad en 1885 y la celebración en Barcelona, en 1888, del Congreso de Ciencias Médicas donde se propuso implantar el modelo en España. La incidencia de la enfermedad a comienzos del siglo XX era muy importante, llegando a producir una tasa de mortandad de 202 personas por cada 100.000 habitantes. Era un problema de salud pública que provocó esfuerzos continuados para combatirla en forma de asociaciones, colectas públicas, patronatos, campañas de concienciación, incluso la instauración del “Día de la Tuberculosis” o “Fiesta de la Flor” para recaudar fondos, celebrado por primera vez el 3 de mayo de 1913. Y la construcción de los primeros sanatorios, que seguían unas pautas determinadas, como su alejamiento de las zonas más pobladas, al ser generalmente ubicados en parajes perdidos entre montañas o zonas costeras poco desarrolladas. El primero de ellos, el Sanatorio de Busot, se construyó en Alicante en 1897, aprovechando las instalaciones del Hotel Miramar. Estaba ubicado en las faldas del monte Abeçó d’Or, a unos 500 metros de altitud y a 5 kilómetros de la costa, en medio de un bosque frondoso, y respondía a las características que ya se demandaban para este tipo de establecimientos en cuanto a dotaciones y entorno, recomendándose para el tratamiento la alimentación abundante, el reposo y los paseos por un entorno natural. Con su apertura se inaugura un tiempo de proliferación de sanatorios que hizo necesario que se regularan legalmente. Así, el 19 de mayo de 1927 se dictó la Real Orden que establecía las directrices a seguir en la construcción de sanatorios de nueva planta (entre otras, el alejamiento de las ciudades, la orientación sur para las galerías de cura o solárium, parque propio, habitaciones de 20 metros cuadrados y con baño, ascensores, etc.) con el objeto de garantizar la salubridad, higiene y buen funcionamiento de los proyectos.

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Es en este contexto en el que hay que encuadrar el proyecto del Sanatorio de Pineta, promovido por el doctor de origen sobrarbense Isaac Nogueras, que ya dirigía el Sanatorio Antituberculoso de Boltaña y que era un entusiasta y convencido defensor de las bondades del Pirineo aragonés, por su clima privilegiado y su cielo despejado, para instalar sanatorios. Pretendía completar el tratamiento ofrecido en Boltaña, a 700 metros sobre el nivel del mar, con clima seco y puro, sin bruscos cambios de temperatura y presión estable, con una cura a mayor altura que debía seguirse en el nuevo establecimiento de Pineta, a 1200 metros, “verdadero antídoto contra la peste blanca”, como así se llamaba entonces a la tuberculosis: los enfermos podrían, de este modo, pasar de uno a otro según las recomendaciones de sus médicos, siempre dentro del tratamiento ofrecido por la misma empresa en un entorno geográfico determinado, “un sanatorio de planta de temperatura muy constante, alejado de poblados y exento de polvo, a unos cuarenta metros de la carretera de Bilesa a Espierba”. Así, la sociedad Sanatorios del Pirineo Aragonés, S. A., cuyo consejero delegado era Nogueras, anunció en la prensa, el 17 de agosto de 1929, el concurso para la construcción del nuevo sanatorio: “Se saca a concurso la construcción de un Sanatorio en el Valle de Pineta (Bielsa), cuyos planos y condiciones se exhibirán a los interesados durante quince días, a contar de la publicación de este anuncio, en el Sanatorio del Pirineo Aragonés de Boltaña (Huesca). Por Sanatorios del Pirineo Aragonés, S. A., el Consejero Delegado, Doctor, Isaac Nogueras.”

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El proyecto fue obra del arquitecto Joaquín Porqueras. El valle de Pineta era el emplazamiento ideal para un sanatorio de estas características: aire puro, buena insolación y orientación sur, carretera de acceso en construcción, suministro seguro de agua de gran calidad y de electricidad gracias a la central eléctrica de Iberduero… Como se especificaba en las revistas de la época: “El sanatorio está rodeado de extensísimo pinar, y resguardado del viento. El Sanatorio de Pineta se construye y se dota de todos los elementos de lucha antituberculosa, y con arreglo a los últimos adelantos que hemos podido apreciar en los más afamados sanatorios de Suiza”. El proyecto original, siguiendo la tipología de la época de construcción en monobloque y en altura, preveía un edificio central, que debía albergar la recepción, los comedores, consultorios y servicios médicos, y dos alas para albergar las habitaciones de los enfermos recorridas por sendas galerías dotadas de solárium, de las que solo se llegó a construir una. La orientación sur pretendía aprovechar al máximo las horas de insolación y ofrecer a los pacientes las espectaculares vistas sobre los macizos montañosos y los frondosos bosques que cierran el valle de Pineta hacia el sur. Tenía una capacidad para 120 enfermos distribuidos en 64 habitaciones individuales de primera clase y tres salas generales con un total de 56 camas, ya que uno de los objetivos perseguidos al construirlo era el hacerlo accesible a todas las clases sociales.

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La inauguración oficial tuvo lugar el 21 de junio de 1931. A ella asistieron numerosos médicos tanto de Madrid (Calandre, Pascual, Fernández Criado, García Andrade, García Díaz, M. de Carero, Víctor Manuel y Cándido Nogueras), como de Barcelona (Corachán, Criel, Xalabarder, Armangue, Rovira y Antonio Nogueras), Zaragoza (Aznar Molina, Joaquín Gascón y Marín, Val Carreres, Teixeira, Depa, Palomar de la Torre, Galán, Fernández García y Fernández Aldama), Huesca (Bara Echeto, Carderera, Ponz, Loste, Gracía Bragado y Ferrer y Lafuente), Pamplona (González Boza, Ezquieta Arce y Goñi Nagore) o Lérida (Pujadas, Bordalba, Cava, Porqueras, Alonso, Aragonés y Biesca y Prim), el delegado de Hacienda, representantes de la prensa oscense, reporteros gráficos de Zaragoza (Abelardo de la Barrera y Miguel Marín Chivite)… Hasta doscientas personas, entre las que no faltó representantes del clero, que fueron espléndidamente obsequiadas por la dirección del nuevo sanatorio. “Alcalde y concejales de Bielsa, juez municipal de Boltaña y muchos más, hasta hacer un total de cerca de doscientos. Las bellas y distinguidas señoras de Aznar Molina, Isaac Noguera, Calandre, Pascual, Corachán, Satrussmann, Sánchez, y señoritas de Nogueras, Manuel y Osler, constituían con sus bondades y su elegancia una nota de color altamente sugestiva.”

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Parece ser que el fotógrafo contratado para perpetuar ese momento fue Adolfo Zerkowitz, de origen austríaco, que había nacido en Viena en 1884. Al estallar la Primera Guerra Mundial y encontrándose de viaje en Marruecos, optó por instalarse en Barcelona, donde pronto se especializó en la fotografía paisajística como buen aficionado que era al alpinismo, creando una empresa de edición de postales que llegó a convertirse en una de las más importantes del ramo (de 1915 a 1950, el “Archivo Zerkowitz” conserva 25.000 fotografías). Editó las primeras postales en 1916 por encargo del abad del Monasterio de Montserrat. De la provincia de Huesca comercializó numerosas series, como la que hizo en Pineta, donde sacó instantáneas del entorno natural (glaciar de Monte Perdido, los picos de la cordillera, los frondosos bosque del valle, panoramas de la rivera del Cinca, de la presa y su central hidroeléctrica), de los pueblos de Javierre y Bielsa, de la carretera a su paso por el desfiladero de las Devotas, que completó aprovechando su viaje para la inauguración del sanatorio.

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Durante la Guerra Civil, el Sanatorio sirvió de hospital de campaña de la 43 División del Ejército Republicano hasta los incidentes de la llamada “bolsa de Bielsa”, entre abril y junio de 1938, cuando los componentes de la División y los naturales de Bielsa tuvieron que cruzar la frontera con Francia para ponerse a salvo de las tropas nacionales. Entre las personas que se refugiaron en Francia también había enfermos del hospital de campaña o de “Pineta”, como lo nombra la prensa francesa en Tarbes el 15 de abril. La misma prensa, esta vez el 16 de junio, menciona la llegada a Fabian, primera localidad francesa del otro lado de la frontera, de las 16 enfermeras del hospital, dos días después del incendio que sufrió. Y es que, al parecer, el 14 de junio fue quemada la techumbre por el grupo de destrucciones de dicha división, de lo que queda testimonio en una serie fotográfica del archivo del ayuntamiento de Bielsa en la que se ve la acampada de una compañía del Ejército Nacional.

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Posteriormente, el sanatorio fue adquirido por la Quinta de salud La Alianza, que hizo importantes obras de reforma con el objetivo de volver a abrirlo como dispensario antituberculoso. Sin embargo, los avances médicos de esos años, en concreto el descubrimiento en 1947 de la eficaz labor terapéutica de la estreptomicina, muy superior a los tratamientos balneoterápicos utilizados hasta entonces, impidieron que definitivamente iniciara esa nueva etapa en el tratamiento de la tisis. De hecho, se cerraron numerosos establecimientos, en general los más aislados, como el de Pineta, reconvirtiéndose otros en psiquiátricos, entre otras cosas por la elevada incidencia de la tuberculosis entre los enfermos mentales. A raíz de la XIII Conferencia Internacional de la Tuberculosis, celebrada en Madrid en 1954, es cuando se toma la decisión política de paralizar el plan nacional de construcción de sanatorios, ya que, gracias a los nuevos medicamentos, se había reducido considerablemente el número de enfermos, y los que aún existían podían ser tratados en hospitales generales, por lo que los sanatorios dejaron, definitivamente, de ser necesarios. En ese momento existían 18.000 camas para enfermos de tuberculosis repartidas en 40 sanatorios y 86 dispensarios.

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Durante largos años el edificio permaneció cerrado y sin uso, aunque se barajó la posibilidad de abrirlo como hotel, proyecto que no prosperó. Su destino definitivo parecía ser el deterioro progresivo, la ruina arquitectónica y paisajística, cuando un hecho inesperado vino a cambiar el curso de los acontecimientos. El 9 de julio de 1963, en el curso de una escalada al Monte Perdido por su cara norte, desde el mismo valle de Pineta y cruzando los glaciares que hay en sus faldas, un accidente de montaña provocó la muerte del escolapio Jordi Turull. El trágico suceso ocasionó que una representación de esta orden religiosa se desplazara a la zona con motivo de los homenajes que se le hicieron al montañero. Fue entones cuando descubrieron el edificio sin uso, abandonado a su suerte a la entrada del valle, y comprendieron la enorme potencialidad que ofrecía para transformarlo en una casa de colonias para los alumnos de los colegios de la orden. La compra, en la que me dicen que, aunque de una manera indirecta, participó el actor aragonés Paco Martínez Soria aportando dinero, dado que un hijo suyo procesaba entonces en la orden, se verificó en marzo de 1964, a la vez que empezaban los trabajos de adaptación para su nuevo uso. Desde entonces, año tras año y de forma ininterrumpida, miles de escolares se han alojado en él en época estival.

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