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Un nuevo lote de documentos, que incluye DNI, pasaportes, cartillas de la Seguridad Social, tarjetas de identificación fiscal y libro de familia de sus propietarios, cae en mis manos. Se trata de tres personas a las que llamaré Enric, Carolina y Yolanda. Enric y Carolina se casaron en 1975, según el Libro de Familia. Carolina murió el día 17 de diciembre de 1990 y, desde 1998, Enric y Yolanda empezaron a vivir juntos. Los primeros documentos hacen referencia a la compra en 1972, por parte de Carolina, de un piso situado en la calle Sant Antoni Abat, en el barrio del Raval de Barcelona. El piso constaba de recibidor, comedor-estar, tres dormitorios, cuarto de baño, cocina y terraza con lavadero. En todo caso, parece ser que en un tiempo posterior a la adquisición de la vivienda, debió comenzar la relación entre ella y Enric, ya que el Libro de Familia de ambos certifica su matrimonio en 1975. No hay más documentación sobre su boda, ni fotografías, ni facturas, nada. Tampoco hay inscripciones de hijos, por lo que el matrimonio, hasta la fecha de la muerte de Carolina, vivió en soledad en el piso de Sant Antoni Abat.

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Comienza ahora el segundo bloque de la documentación encontrada, el más dramático, que refleja la enfermedad y muerte de Carolina en 1990. Lo primero que aparece es un parte de baja por enfermedad común de octubre de 1990. La situación de la salud de Carolina no debía ser nada halagüeña, ellos debían ser conscientes de la gravedad de la misma, ya que en noviembre de ese año se otorgaron testamento el uno a favor del otro. Mientras tanto, la enfermedad debió seguir su curso, ya que aparecen los partes de confirmación de la incapacidad siguientes. El fallecimiento se produjo el 17 de diciembre de 1990, a las doce menos cuarto de la noche. La causa fue “asistolia metástasis hepática”, lo que significa que Carolina tenía cáncer y que se le había extendido al hígado. El entierro tuvo lugar, unos días después, en el cementerio de Montjuïc. El Instituto Municipal de Servicios Funerarios de Barcelona facturó por el sepelio 189.176 pesetas.

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A consecuencia de ello, Enric solicitó al Instituto Nacional de la Seguridad Social el auxilio por defunción de su esposa y la pensión de viudedad, ambas de enero de 1991. Además, aceptó la herencia de su mujer por escritura de marzo de 1991. Por esta escritura me entero de que la madre de Carolina, heredera también en cuanto a su parte de la legítima, había fallecido solamente siete días antes que su hija, en lo que imagino unos días de intenso dolor. A Carolina se le acumulaban las desgracias, a su gravísima enfermedad, un cáncer en estado terminal, había que sumar la muerte de su madre. De alguna manera debieron influirse ambas muertes, quizá la grave enfermedad de la hija precipitó la muerte de la madre, o bien la muerte de la madre influyó en el fatal desenlace de la enfermedad de Carolina. O igual Carolina ya no se enteró de nada, puede que su marido le ocultara la muerte de su madre para evitarle sufrimientos inútiles.

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Debido a la herencia, Enric se convirtió en el propietario legal del piso de Sant Antoni Abat. Además, resultó ser el beneficiario de un seguro de vida de su mujer por un valor de 4.000.000 de pesetas. Por un fondo de pensiones cobró 9.770.281 pesetas. Y la hipoteca sobre el piso fue cancelada gracias al seguro de amortización de préstamos. Para terminar este apartado, y por una de esas ironías que tiene la vida, aparece entre la documentación una tarjeta de crédito American Express a nombre de Carolina, con validez de enero de 1991 a diciembre de 1992. Seguramente se la enviaron cuando ya había muerto.

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La vida de Enric da un giro a partir del año 1997. Así, en septiembre de ese año, se produce acto de conciliación que reconoce la improcedencia de su despido y fija una indemnización de 20.300.701 pesetas. Que las cosas están cambiando se infiere también de un carnet de manipulador de alimentos a su nombre de julio de 1998. Enric cambiará de profesión y de vida al conocer a Yolanda, que tenía un bar en la plaza del Pes de la Palla, muy cerca de Sant Antoni Abat, por lo que supongo que en algún momento entre finales de 1997 y el verano de 1998 debieron comenzar su relación, que dio pie a que abandonara su trabajo de siempre y empezara a ayudar a Yolanda en el bar.

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Comienzan, entonces, los trámites para irse a vivir juntos que incluían, entre otras cosas, la venta por parte de Enric del piso de Sant Antoni Abat. Hay un documento de arras de junio de 1999 firmado por Enric y una compradora por el que pactan un precio de 18.000.000 de pesetas. El proyecto era ir a vivir a una casa nueva en la Ronda de Sant Pau, siempre en la misma cuadrícula urbana, no muy lejos del bar de Yolanda en Pes de la Palla, para lo que habían firmado contrato de arras en junio de 2000, pactando un precio de 38.725.000 pesetas o 232.741,94 euros. Debieron comprar también unos cuantos artículos en Ikea pues, aunque no hay factura de esa compra, sí hay un par de tickets de consumiciones hechas en el restaurante de ese establecimiento.

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Por último, dentro de la documentación aparecen numerosos análisis de sangre y orina, ecografías ginecológicas, endoscopias de colon, citologías y demás papeles de asistencia sanitaria de Yolanda. Al parecer, tenía algún quiste en el ovario derecho, y se le diagnosticó también esteatosis hepática, o acumulación de grasas en el hígado. La última prueba que encuentro corresponde a una exploración efectuada con cápsula endoscópica con un diagnóstico de anemia ferropénica. Por otro lado, también hay un papel con la descripción de los ejercicios orofonatorios para el tratamiento de una afasia en el Institut Guttmann, sin fecha ni destinatario, por lo que ignoro para quién estaban aconsejados.

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En busca de pistas sobre estas personas, una fructífera tarde me acerco a la cuadrícula urbana que ha sido escenario de sus vidas, en el barrio del Raval. Así, en primer lugar, paso ante el bar de la plaza Pes de la Palla y hago un par de fotos. El bar se llama Lambretta, pero todavía no quiero entrar. Lo más probable es que haya cambiado de dueños, se nota que han pintado la fachada hace poco y que el rótulo que hay sobre la puerta es nuevo. Pero, de momento, prefiero recorrer el resto de las direcciones que me han traído hasta aquí. Así, localizo el edificio de Sant Antoni Abat en donde vivieron Enric y Yolanda y, aprovechando la salida de un vecino, me cuelo en el inmueble para mirar en los buzones. Sin embargo, como ya esperaba, no encuentro sus nombres, con seguridad la venta del inmueble debió terminar bien. Luego me acerco a la dirección que supongo es la actual de Enric, en Ronda Sant Pau, y me planto ante la puerta en espera de que alguien entre o salga para acceder al vestíbulo y comprobar los buzones. Pero en este caso no tengo suerte. Luego, sigo caminando hasta la calle Vistalegre, supuesta nueva dirección de Yolanda que encontré en la red. Otra puerta cerrada. Esta vez utilizo la argucia de preguntar en un piso cualquiera por una empresa ficticia. Me abren sin más y me acerco a los buzones. Sí, allí vive Yolanda, todavía. Entonces, la tesis que va cobrando fortaleza es la de la separación de la pareja. Parece ser que Enric se quedó con el piso de Ronda Sant Pau y Yolanda se mudó a Vistalegre. Lo que está también muy claro es que el barrio les gusta, que han hecho los dos toda su vida aquí y que no desean alejarse mucho de estas calles que deben ser tan familiares para ellos.

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Por último, vuelvo hasta el bar que hay en Pes de la Palla, el Lambretta, y entro a tomarme una cerveza y echarle un vistazo. Se trata de un bar agradable, con una decoración bohemia y cálida. La música, proveniente de un receptor de radio, suena muy baja. La puerta de entrada deja delante de un mostrador frigorífico en el que hay botellas de leche, bollería, algún bocadillo, embutidos. A la izquierda de este mostrador, un gran ventanal que ilumina una mesa alta y tres o cuatro banquetas. A la derecha del mostrador está la barra, elegante, de madera oscura. Frente a la barra, tres mesas de mármol redondas con sillas, en una de las cuales me siento para tomarme una cerveza y escribir estas notas. Donde termina la barra, en el espacio que hay hasta el fondo, colocaron ocho o diez mesas con sus sillas. Hay algunos clientes que charlan tranquilamente, en voz baja, ya digo que el ambiente resulta de lo más plácido. Y ni huella de Yolanda, al menos yo no soy capaz de reconocerla partiendo de la fotocopia del carnet de identidad que apareció entre los papeles. Pero de esto no estoy seguro, la copia no es buena y bien me puedo equivocar. De hecho, hay una señora con delantal sentada ante una de las mesas del fondo del local charlando en voz queda con una amiga. Pero no, yo me inclino a pensar que Yolanda debió traspasar el negocio hace algún tiempo y para ello me baso en el camarero, un joven de unos treinta años que habla en italiano por teléfono móvil, en las dos pantallas planas de televisión que están encendidas y sintonizadas en un canal italiano y en el mismo nombre del bar, Lambretta, que parece reformado hace poco, así como el tipo de alimentos que venden, incluida una oferta de paninis. No creo que Yolanda tenga algo que ver con este negocio, totalmente remodelado, de un estilo muy definido. Para terminar de comprobarlo, pido la cuenta y un ticket al camarero. La empresa responde a la razón social de Fratelli Bellochio, SL. No cabe duda, Yolanda debió traspasar el local.

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Lo que ahora procede es enviar sendas cartas a Enric, a Ronda Sant Pau, y a Yolanda, en la calle Vistalegre, para provocar una respuesta:

Señor Enric/ Señora Yolanda.

Obtengo su dirección gracias a internet.

Hace unos días compré en los Encantes una documentación que creo le pertenece. Me gustaría hablar con usted sobre ella y devolvérsela, si así lo desea.

Le dejo mi correo electrónico por si quiere contactar conmigo.

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Van pasando los días y no hay respuesta, así que envío un mensaje a través de Facebook al hermano de Yolanda, Joan, que he localizado rápidamente buscando perfiles en esta red social:

Estimado Joan:

Hace unos días compré en los Encantes una carpeta de documentos que pertenecen a Yolanda… Me pregunto si esta señora es su hermana. En todo caso, le escribo porque me gustaría contactar con ella para devolvérselos y comentarle el motivo por el que los tengo yo. Hace unos días le envié una carta a su domicilio en Vistalegre, pero no he obtenido respuesta.

¿Podría decirme algo al respecto? ¿Se trata realmente de su hermana? ¿Puede contactar con ella y explicarle este asunto?

Y recibo la contestación esa misma noche:

Sí, es realmente mi hermana. En la casa de Vistalegre ya no vive porque está ingresada en una residencia por incapacidad. Ella no puede hablar ni valerse por sí sola. Si fuera posible, podríamos concretar una cita para ver esa carpeta y esos documentos.

Muerte-en-directo-e-mail

Voy a escribirle un e-mail donde se explique mejor todo el asunto:

Un saludo, Joan.

Me alegro de haber contactado con usted respecto a la documentación de su hermana. Y lo primero que quiero decirle es que siento mucho lo que le sucede, la verdad es que no me lo podía imaginar al haberla podido localizar gracias a internet. Pensaba que ella vivía allí, en la calle Vistalegre, pues no es una mujer mayor, y sus noticias me dejan desconcertado.

Los papeles de su hermana los compré en los Encantes con el propósito de escribir un libro que titulo Reconstrucciones y para el que pido su colaboración. En todo caso, quiero que sepa que todo lo que suceda depende de usted, dada la situación de su hermana. Usted será quien me autorice, o no, a seguir con esta reconstrucción. La realidad es que hay reconstrucciones que van a buen puerto y otras no.

Si quiere, podríamos quedar un día para que vea y recupere los documentos. También podría llevarle una copia de la reconstrucción tal y como esté a la fecha de nuestra cita para que valore mi trabajo y su posible colaboración en el mismo. La verdad es que en toda esta historia me mueve un interés por recuperar la memoria perdida de gente anónima, tan importante en el fondo. Somos lo que recordamos, y en casos como el de su hermana esta aseveración se tiñe de dramatismo.

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Y me contesta:

La verdad es que sí me gustaría que tuviésemos un encuentro para hablar de esos documentos y a la vez poder comentar un poco la intención que tiene con ellos. Tengo, también, la curiosidad de saber qué clase de documentos son y de qué se trata, ya que espero que no pudieran ser importantes para ella, además de saber por qué conductos han pasado para haber podido llegar a sus manos. Por lo tanto, si le parece bien, puede decidir un día y quedar para hablar del tema. Yo soy pensionista y por lo tanto tengo todos los días libres, a excepción de los viernes por la tarde. Sin más y esperando con curiosidad nuestro encuentro, le mando un saludo y las gracias por la preocupación que ha tenido con nosotros.

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Así que nos citamos un domingo por la tarde en el Hotel Gravina, que tiene una pequeña, tranquila y cómoda cafetería donde poder charlar. La impresión que me causa Joan no puede ser mejor. Hemos estado hablando unas dos horas, él ante su café, yo con mi copa de cerveza. Me cuenta que Yolanda sufrió un infarto cerebral y que desde entonces necesita ayuda para los actos más elementales de su vida cotidiana. A resultas de aquel accidente, tampoco puede hablar. Estuvo viviendo con la madre de ambos en el domicilio de Vistalegre, hasta que la ingresaron en una residencia. Y a la fecha de la muerte de la madre desalojaron el piso, vendiendo su contenido a un subastero, quien sería el encargado de llevar todo aquello a los Encantes para su venta, momento en el que intervengo yo comprando los documentos de Yolanda.

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Le explico, pormenorizadamente, cómo encontré sus documentos, cómo los ordené y cómo acometí la redacción de esta reconstrucción, así como las otras que han de sumarse al proyecto. Parece comprender y valorar muy positivamente mi acción literaria. Nada más recibir mi correo, la curiosidad se le despertó de una manera automática, incluso llegó a hacer múltiples conjeturas acerca de quién era yo realmente, cuáles eran mis intenciones y qué significaba todo este extraño asunto. Me confiesa que incluso pensó que yo era un millonario excéntrico que llenaba su tiempo con actividades tan singulares. Todo eran conjeturas sobre qué tipo de documentos habría hallado, por qué en los Encantes, qué uso podría hacer de todo ello. Luego, al saber que era escritor, me imaginó como un hombre mucho más mayor, quizá por la seriedad que se asocia a la literatura, quizá porque los escritores que más suenan son los más mayores, aquellos que llevan más tiempo escribiendo.

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Quedamos, entonces, en que intentará explicarle este suceso a su hermana pequeña, Raquel, y que posteriormente se pondrá en contacto conmigo. Toca, de nuevo, esperar las noticias de los otros, aunque me asegura que intentará darme la respuesta lo antes posible. Con un sentimiento de afecto y agradecimiento por mi parte, y creo que también por la de él, nos despedimos en la esquina de Gravina con Pelayo.

Pocos días después recibo, a través de Facebook, un mensaje de Joan que dice así:

Me he puesto en contacto a través de Facebook con mi hermana Raquel y me ha contestado que le parece bien, pero sin que se publiquen los nombres reales. Bueno, en definitiva, si quieres continuar con la historia, yo estoy dispuesto a colaborar contigo. Ya me dirás algo. ¡Ah!, no me ha dicho en donde está ingresada Yolanda, pero ya lo averiguaré y en todo caso si continuamos, podríamos sacarle a ella más información. Bueno, pues, hasta pronto y ya me dirás alguna cosa al respecto.

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Mi respuesta:

Lo que he hecho en otros casos es entrevistar a los familiares y preguntarles sobre la vida de los propietarios de los documentos. Es quizá el camino a seguir también en el caso de Yolanda. Pero, como me dijiste, ella está ingresada en una residencia, y no sé si mi visita será o no conveniente, así como tampoco sé si a tu hermana Raquel esto le parecerá bien. Lo que no desearía, bajo ningún concepto, es entorpecer vuestras relaciones o entrometerme donde no debo. Se me ocurre que cualquier paso a dar a partir de ahora, quizá, debería estar consensuado por vosotros, para evitar suspicacias y malentendidos. En todo caso, esta es mi opinión que te trasmito con el máximo respecto.

Ya me dirás qué piensas.

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La cita, finalmente, se verifica un domingo por la tarde en el Lambretta, del barrio del Raval. A las seis de la tarde llego a la Ronda Sant Antoni y me encuentro con Joan, que viene del Lambretta, cerrado por descanso semanal. Así que, después de saludarnos cordialmente, nos vamos a otro bar cercano para sostener nuestra charla sobre Yolanda. Ha podido averiguar la residencia donde está ingresada pero no la ha visitado, aunque tiene intención de hacerlo en breve. Hablamos, entonces, de la vida de Yolanda, que, sin embargo, no transcribiré. De hecho, creo que esta historia está llamada al fracaso por varias razones. Primero, porque la documentación perteneció a tres personas, una muerta, otra en paradero desconocido y otra inválida, por lo que el consentimiento para tratar el material es inviable. Por otro lado, parece que la familia ha tenido problemas, entre ellos no se llevan bien y es posible que la versión de Joan no sea compartida por Raquel. Entraríamos en una espiral de correcciones y malentendidos que no acabaría nunca. Además, mi visita a Yolanda también me parece poco apropiada si el mismo Joan hace mucho que no la ve. Podría estar en contra del parecer del resto de la familia el que yo pudiera perturbar su tranquilidad.

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Por último, señalar que unos días después recibo este correo de Joan:

Hola Antonio.

No he contactado contigo ya que he estado sin conexión a la red durante unos días. Por otro lado, tenemos que lamentar la muerte bastante súbita de mi hermana Yolanda la semana pasada. Un saludo.

La muerte súbita y prematura de Yolanda interrumpe este relato y hace inviable que se cuente toda su vida y se utilicen nombres y lugares reales, por otra parte lo único que se ha alterado.