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La excursión de las novicias a las tierras del Waden-Buttenberg, en Alemania, había sido planificada por la inquieta y avispada sor Lucita y la rigurosa y amargada sor Leandra, hermanas del Convento de las Adoratrices de la calle de Toledo, en la capital del reino, y contaba con el visto bueno del arzobispado, requisito indispensable en 1953. ¿Por qué a aquella zona de Alemania y no a Roma, por ejemplo? El viaje a Roma estaba pendiente para nosotras, pero se esperaba a que ingresáramos en el convento y tomáramos los votos para ofrecérnoslo como premio. Era demasiado suculento, el Vaticano, el santo Padre en audiencia privada y demás, para unas novicias. Pero no estaba mal, como alternativa, el viaje a esa zona de Alemania rica en legendarias reliquias que habían de poblar nuestro imaginario y colmar nuestra fe.

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Así que por fin salimos de Madrid y después de muchas horas de carretera, de dormir mal en los asientos muy duros del autobús a pesar de que nuestros rezos del rosario nos iban haciendo más llevadero el camino, de parar de vez en cuando para comer los bocadillos que llevábamos, por fin llegamos a la primera etapa de nuestro viaje por Alemania, Tréveris. Nos gustó especialmente la catedral románica, terminada en 1196, que tenía importantes reliquias, como la Sagrada Túnica inconsútil que vistió Jesucristo antes de ser crucificado, que nos causó tanta emoción, pues nos aseguraron que su autenticidad era muy probable. Más de una lloró un ratito allí mismo, delante de la túnica, sobre todo la novicia María de los Ángeles, las monjas también, todo hay que decirlo, yo inclusive, Paulina.

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Entre nosotras había una coleccionista de reliquias, ya se sabe que algunas venían de familias pudientes de toda la vida, la novicia Juana de Landázuri, aunque fueran reliquias de las llamadas no insignes, como los restos de alguna beata o algún beato, ropilla vieja, objetos, algún huesecillo de nada, porque de reliquias importantes nada de nada, que esas eran patrimonio exclusivo de las iglesias y catedrales, o al menos así debería ser, ya que conservar correctamente un cuerpo entero de santo o santa, o una parte sustancial como la cabeza, o una pierna, o los instrumentos de su martirio, era cosa demasiado trascendente para que estuviera en manos de particulares, por muy pudientes que fueran y esto pudiera molestar, como comentario, a la novicia Juana de Landázuri.

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La mañana fue de provecho pero pronto subimos de nuevo al autobús para seguir nuestro itinerario hasta Maguncia, por esas carreteras tan buenas que el conductor iba muy rápido y contento mientras nosotras entonábamos nuestros salmos. En Maguncia destacaba sobre todo la iglesia de Cristo, en donde se guardaban dos clavos de la Sagrada Cruz y unos trozos de madera que aseguraban, y nosotras nos lo creímos, eran también de la Vera Cruz en donde fue crucificado Nuestro Señor Jesucristo. Ni que decir tiene que la emoción del grupo creció de todo punto, incluso hubo alguna exagerada que parecía querer desmayarse, en concreto la novicia María de los Ángeles, que ya había dado muestras, durante el viaje desde Madrid, de su extravagante personalidad.

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De Maguncia a Worms, sin parar más que lo imprescindible, a donde llegamos después de pasar la noche durmiendo como buenamente pudimos sobre las duras butacas del autobús. Me gustaría destacar como monumento de la ciudad la iglesia de la Santísima Virgen, famosa porque alrededor del templo había plantaciones de vides que daban la conocida Liebfraumilch, o leche de la Santísima Virgen en su traducción del alemán. Todas compramos una botellita de la leche de la Virgen que reservamos para cuando volviéramos a España. Sin embargo, María de los Ángeles se la bebió allí mismo, por lo que se trastornó hasta tal punto que el conductor del autobús casi no podía con ella, la pobre, que pasó el resto del día muy perjudicada y vigilada muy de cerca por sor Leandra para que nada pasara y el desliz se quedara, solamente, en pecado venial. De esta novicia yo no tenía noticia alguna pues no era de mi círculo de confianza, ya que viajábamos unas veinte, amén de otras tres docenas que se había quedado en el convento, por lo que en cierto modo no podía ni imaginar cuál acabaría siendo su comportamiento y lo que este influyó en todas las demás.

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De Worms nos fuimos hacia Heildelberg y venga a hacer kilómetros en el autobús, que íbamos todas medio adormecidas, aunque yo veía a la novicia María de los Ángeles platicando acaloradamente con el conductor, que ninguna importancia le di porque hablaban de religión y ya se le había pasado la resaca. Allí visitamos la iglesia de San Bonifacio, modesta y poco conocida, donde oficiaba un cura alto como su torre y que nos enseñó, por ser un grupo de importancia capitaneado por nuestras monjas, un relicario que contenía una pluma del arcángel San Gabriel, que a todas nos emocionó sobre manera, aunque la novicia Juana de Landázuri dijera que parecía una pluma de paloma nada más, y aunque la novicia María de los Ángeles exagerara las cosas postrándose de rodillas y tumbándose cuan larga era sobre las frías losas de la sacristía, que parecía querer acaparar la atención del cura apuesto, nuestra atención y también la de las monjas, que no la miraban con buenos ojos como candidata a entrar en su riguroso convento.

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Más tarde, en ruta otra vez hasta Rothemburgo sobre el Tauber, donde visitamos la iglesia de los Franciscanos, célebre por conservar en su sacristía, como tesoros de incalculable valor que eran, dijera lo que dijera la novicia Juana de Landázuri, un trozo de pan ennegrecido que se decía fue bendecido por Cristo en la última cena y que era una sobra de la misma, y un pelo de la mismísima Virgen María, que a todas nos pareció un verdadero milagro, con lo bonito que era, rubio y sedoso, muy bien conservado. No creo que nadie más se diera cuenta, pero la novicia María de los Ángeles miraba muy extraña esas maravillas, sobre todo el trozo de pan de la Santa Cena, que parecía querer lanzarse a por él para comérselo, que si hubiéramos caído en la cuenta puede que el viaje no se hubiera torcido como a la postre se torció.

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En Ulm visitamos su majestuosa catedral, que superaba a todas en grandeza, con unas dimensiones colosales, ya que tenía 124 metros de largo, 49 de ancho y 41 de alto en la nave central, siendo muy destacable la torre central de 161 metros de altura, que tan alta era que en las fotografías salía siempre cubierta de niebla por el mal día que nos hizo. Pudimos subir, después de mucho sudar, en fila india por unas angostas escaleras hasta una galería que estaba a 143 metros del suelo y que ofrecía unas vistas magníficas de toda la ciudad que, todo hay que decirlo, no pudimos disfrutar debido a la niebla. Allí, la novicia María de los Ángeles nos volvió a dar un susto. Como no le gustaban las alturas se desmayó y tuvimos que bajarla entre varias, con lo difícil que eso fue debido a la estrechez de las escaleras, que nos llevó media mañana y nos supuso un notable retraso. Esto nos impidió visitar otras iglesias de la ciudad, pero teníamos que seguir la ruta.

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De Ulm a toda prisa nos fuimos a la abadía benedictina San Martín, en Beuron, que era todo un prodigio de organización y disciplina. En ella habitaban más de 150 religiosos que habían hecho florecer, junto a la observancia regular, las letras y las artes. Nos hizo de guía el padre Ludwig, tan cariñoso él, que siempre se acercaba a nosotras para explicarnos las maravillas que encerraba la abadía, que según nos explicó databa del año 777, aunque fue destruida y reedificada varias veces a lo largo de su historia. El papa Pío IX, nuestro Pío nono, elevó el antiguo monasterio a la categoría actual de abadía en el año de Nuestro Señor de 1868. Y la novicia María de los Ángeles siempre dale que dale junto al padre Ludwig, que habían congeniado a las mil maravillas, pues esa damita tenía algo que atraía especialmente a los hombres, fueran religiosos o no, no sabemos si su olor, o su misma carnalidad, que lo cierto es que el padre Ludwig no le quitaba el ojo de encima para escándalo de las demás. Hasta el mismo conductor parecía celoso de la plática acalorada del cura y la novicia, que en cuanto pudo se subió a su autobús y nos pitó para salir antes de hora con la excusa del largo viaje hasta Meersburgo.