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Querido amigo:

“Un día más con vida” es el título del libro de Kapuscinski que estaba leyendo yo estos días cuando un acontecimiento de esos que dejan huella me vino a suceder. ¿Se lo contaré a mis amigos?, me preguntaba, ¿no me tomarán por un exagerado y un hipocondríaco? Es posible, pero tarde o temprano el tema saldrá en una conversación, en esas charlas en torno a una mesa y presididas por una botella de vino, así que me adelanto a los acontecimientos con este correo que, también, me servirá para fijar los sucesos y conservarlos en esa frágil memoria que nos adorna como homo sapiens.

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Pues nada, al grano. El sábado 29 de enero, ese día de San Valero sin roscón para los aragoneses de la diáspora, se presentaba sereno, una compra en el súper, el periódico con un buen CD de J. J. Cale, esas cosas que todos hacemos los días de asueto. Lo raro comenzó hacia el mediodía, cuando unos pinchazos leves en la zona del pecho (uno, cuando pasan estas cosas, prefiere hablar de pecho en vez de corazón) hicieron saltar las alarmas. Eran poca cosa, pero teniendo en cuenta el mes de enero que llevábamos, con mi suegro infartado el día 1º, los antecedentes familiares directos, con mi padre fallecido en la mesa de operaciones cuando le intentaban hacer cuatro baipases, mi cuñado con un estén, que no sostén, en una de sus arterias, la imaginación comenzó a volar. Comida fuera con la familia, tarde de “cine” ante el televisor, un rato con internet, otro ordenando papeles, la cena de sábado y unos excelentes combates de boxeo en Marca Tv (un combate del filipino Manny Pacquiao es una auténtica delicia) fueron completando el día.

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Tocaba irse a dormir, algo mosqueado por los pinchazos que no habían cesado durante todo el día. Y allí, tumbado sobre el colchón, a eso de la una de la madrugada, fue cuando lo sentí por primera vez: una opresión en el pecho que aumentaba y disminuía su intensidad. Me levanto, me voy al baño, me miro al espejo y pienso: “Esto no me puede estar pasando a mí”. Sí, eso pensé, no me lo podía creer, a mis 49 años recién cumplidos, que estuviera viviendo una experiencia de ese tipo, no quería admitirlo, no me veía en urgencias y sometido a pruebas, no me apetecía nada de nada. Ester dormía plácidamente y no quería despertarla, la pobre llevaba un mes de enero infernal de médicos, urgencias y hospitales con el infarto de su padre y la caída de su madre, así que no quise despertarla para decirle: “Cariño, siento una opresión en el pecho, creo que deberíamos ir a urgencias”. No lo hice, me bajé a la cocina, me hice una tila, me senté de nuevo ante la tele, afortunadamente Marca TV seguía con su noche de boxeo y me metí, además de la tila, un relajante Margarito versus Mosley, otro de esos combates que crean afición. Y así, noqueado por la tila, el boxeo y mi extraña experiencia me fui a dormir.

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Al día siguiente, amanecí perfectamente, tanto es así que pensé que había sido un episodio pasajero y sin importancia. Decidí, muy ufano, consultar con mi médico de cabecera y pedirle una analítica, colesterol mediante, para comprobar mi estado general de salud. La mañana, con su zafarrancho de limpieza incluido, pasó sin pena ni gloria. Al mediodía, nos fuimos a comer a casa de unos amigos y en el autobús que nos transportaba otra vez apareció esa maldita opresión en el pecho. Joder, encima en un autobús, que no se puede desviar de la ruta, ni ponerse a pitar de urgencias para transportar a un tipo que se queja del corazón al hospital más cercano. Si hubiera sido un taxi…, pero esta manía nuestra de economizar en transporte lo impidió, ¡con lo bien que se va a los sitios en taxi! Llegada a casa de los amigos, yo más muerto del susto que vivo, cerveza que me tomo sin muchas ganas, comida y charla y vinito, que dicen siempre es bueno para los problemas cardiovasculares…

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Lo cierto es que me vuelvo a sobreponer y la tarde transcurre dentro de cierta normalidad. Despedida, promesa de vernos pronto, y otra vez al autobús. ¡Maldita sea! Esto de los autobuses habrá que estudiarlo detenidamente, quizá tengan alguna incidencia en las cardiopatías. Porque otra vez regresa la opresión en el trayecto de vuelta a casa. Así que se lo cuento a Esther y ella, quitándole hierro al asunto pero, en su fuero interno, asustada y alucinada por su mala suerte este 2011 que tan mal arranca, me dice: “pues nada, ahora mismo nos vamos a Urgencias”. Vale, un taxi nos lleva a urgencias, lo bien que se va en taxi y lo rápido que se llega a los sitios. Me ingresan con la tensión muy alta, me ponen la fantástica pulserica con código de barras, que parece te vayan a cobrar todo el gasto, me hacen el electro, me examinan detenidamente…

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Nada, que no detectan ninguna cardiopatía, así que la doctora, mirando de reojo mi barriga de cincuentón, empieza a hacer esos sermones típicos de los médicos de menos de treinta y cinco, esos residentes que te encuentras en los servicios de urgencia de este país: usted tiene sobrepeso, nada de alcohol, ni siquiera una cervecita, como mucho una copita de vino de vez en cuando, nada de embutidos ni fritos ni carne roja (glups), ojo con la sal, etc., etc., ¡ah!, y sobre todo a hacer deporte todos los días, usted me camina una horita y con todo esto que yo le doy se va a su médico de cabecera… ¿Y si me vuelve a pasar, doctora (siempre, en estas tesituras, aumentamos la categoría profesional de los residentes que nos tratan, por si las moscas)? Pues si le repite usted se vuelve inmediatamente a urgencias.

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Bueno, parece que no es nada grave, quizá hipertensión, así que uno se vuelve para casa enterrando una etapa de su vida, aquella relacionada con los chuletones, las siestas de una hora después de comer, las juergas que tanto nos adornan la vida… Todo sea por la salud, e ingenuamente se me ocurre pegar la pulserita de papel que te ponen en urgencias frente a mi ordenador, así, con celo, para que no se me olvide el susto y no vuelva a las andadas. ¡Propósito de enmienda!

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Pero, ay, amigo, el lunes por la mañana me voy a hacer gestiones en Poble Nou y, allí, caminando por aquellas calles llenas de industrias y sin turistas, otra vez llega la opresión, que dicho así parece más un fenómeno meteorológico que corporal. ¡Además, en ese maldito barrio no pasa un taxi ni para Dios! Autobuses sí, alguno veo por allí, pero dejo dicho que es mejor desplazarse a urgencias en taxi que en autobús. Bueno, termino uno de mis trámites, la opresión continúa, salgo a la calle, otro autobús nuevo y colorado de los Transportes Metropolitanos de Barcelona, tan majo él, y, por fin, un taxi que me lleva directamente a las urgencias del Hospital del Mar. Mi segunda visita, pero los profesionales son otros y no recriminan este gusto mío por visitarles. Electro al canto, tensión alta, una pastillita bajo la lengua por si las moscas, me ponen una vía, tienen que extraerme sangre para hacerme varios análisis de sangre, separados en el tiempo y tal, así que me espera una larga jornada entre ellos, tan blancos y diligentes. En el box me monitorizan y comienza la larga espera. ¡Y otra pulserica para la colección!

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Podéis imaginaros cómo iba mi cabeza en esos momentos. Sí, ese 31 de enero de 2011 sería inolvidable, ya me veía en mi nueva etapa de cardiópata Cardiel por tradición familiar, quizá un catéter, un extén, puede que me ingresen, etc., etc., amén de las reflexiones de signo existencial correspondientes, nada originales, puedo aseguraros, que si mis hijas, mi mujer, ese libro sobre boxeo que tengo a medias, qué poco somos, no somos nada, un día más con vida a lo Kapuscinski, y tal y cual. Todo un día sobre una puñetera camilla que debía medir 1,60 de largo por 50 de ancho y en la que no cabía (me río yo del protagonista de esa peli, Buried, o Enterrado, cuyo ataúd, comparado con mi camastro, parece la suite presidencial del Ritz), conectado a aparatos, toses en concierto interpretadas por la orquesta de la gripe estacional, ancianos a mi alrededor pues no hay que olvidar que son los mayores “beneficiarios” del servicio de urgencias… Eso sí, además de las Mires, también las enfermeras eran jovencitas, atractivas y amables, también los Mires y enfermeros del género masculino, yo creo que los deben someter a un casting antes de enviarles allí para animar a los pacientes, que por la vista entra todo. Incluso hubo una, muy diligente ella, que se empeñó en lavarme con una esponja, ya por la mañana, mi dolorida espalda. ¡Lástima que no se atreviera a seguir hacia abajo!